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Comprometerse con una mirada PDF Imprimir E-mail
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PobreEl mejor 
jueves, 27 de julio de 2006

Una mirada"Comprometerse con una mirada" es el título del artítulo de Carlos Viaña, estudiante de Filosofía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con el que quiere recordarnos la dignidad de los peruanos que piden limosna por las calles. Ellos se merecen, al menos, que los miremos a la cara.

Comprometerse con una mirada

Por: Carlos Viaña Rubio

Yo construyo mi país con palabras...
(Washington Delgado)

El Perú sufre por los pobres que nosotros olvidamos, le duele la indiferencia de aquellos que pasamos frente a la necesidad o al hambre sin reparar en la justicia que significa el tenderle la mano a un hermano desvalido, el país llora la crisis de compromiso social, la crisis de seres humanos verdaderamente humanos que quieran unirse a su tierra para sembrar progreso.

Más que dinero, la clave del mejoramiento del mundo, implica un replanteamiento de valores sociales que hemos dejado de lado, y más allá de eso, el principio de los valores que la sociedad impone como fruto de la tradición o los horizontes ineludibles, el verdadero amor, la caridad, se ha perdido. El cimiento del hombre, lo que lo vuelve plenamente humano, es su mayor participación del Bien, ni su inteligencia, ni su voluntad rectamente domada lo dignifica tanto como la cantidad mayor de amor en su corazón.

El amor mueve al mundo y su carencia en el mundo detiene el desarrollo, el amor implica el reconocimiento de todos como miembros de un genero común, merecedores de una misma dicha de un mismo trato, de una misma porción de oportunidades para crecer como personas.  Justamente es este el principio del cambio.

Vivir supone una proyección de nuestra propia vida en las vidas de los demás, el actuar propio del hombre no implica modificar su medio o luchar en contra de la naturaleza indiferente al resto de  seres humanos, sino que la interacción social a la que cada uno esta llamado requiere el reconocimiento de la vocación humana del servicio, del amor que se entrega sin razones aparentes. Los actos humanos solo se justifican en la medida que sus consecuencias no solo no afecten a los demás, sino que produzcan bien en quienes necesitan tal bien.

La diferencia entre la conciencia de un acto de amor y la necesidad convulsionante de dar únicamente por dar es que el amor no revierte la satisfacción de inmediato, el verdadero amor es una entrega sin recompensas visibles, ni siquiera esperadas.

¿Cuanto hace que dimos de nosotros algo más que una sobra?, ¿Cuánto hace que entregamos nuestra posesión más importante?, ¿Cuándo fue la ultima vez que de nuestro corazón, más que de nuestra billetera, nació verdadero apoyo para algún necesitado? Si tan solo pudiéramos vernos y entender todo lo que se nos ha dado, más que materia inservible, somos el fruto del amor infinito de Dios que nos regala sin costo la vida y solo nos cobra la oportunidades de más sobre nuestro prójimo. La limosna verdadera y conciente es la actualización de la justa repartición de los bienes terrenales que completan la felicidad.

El prójimo necesitado, más que bienes reclama amor. Esa moneda que otorgamos significa solamente la primera parte de todo el trabajo. Si somos concientes, no se encuentra la solución a un problema con piezas que en sí mismas no significan nada, no obstante lo que va detrás del gesto material es lo realmente importante. La verdadera entrega es la de uno mismo, es la limosna humana, es el afirmativo de la comprensión del mensaje de Cristo que nos mueve  a amar cuando amar es donarse.

Día tras día  nos golpea la pobreza en el rostro, la vida cotidiana de cualquiera de nosotros se ve, o se debería ver marcada por la enorme masa de mendigos, niños, adultos o ancianos que nos detienen en la calle a reclamar nuestra atención, nuestro respeto, nuestra mirada que les devuelva la posibilidad de la consideración de su valor como personas.

No es sencillo para el animal orgulloso que es el hombre, rebajar su condición al punto se rogar por ayuda. Es difícil enfrentarse a la humillación de la calle, mirar los rostros volteados de la gente indiferente ante la desgracia, no es posible soportar tantos golpes de indolencia sin perder la esperanza por la frustración del desamparo al final del día.

Mirar a los ojos, acompañar con el alma, es verdadero amor al prójimo, nada que demos que no sea nuestro interés particular por cada uno de nuestros hermanos soluciona la vida carente que a estos, sus hijos más débiles, les ha tocado vivir.

Al estar frente a nosotros, aquellos que más nos necesitan parecen extender la mirada más que las manos para recibir humanidad antes que dinero. El deber del hombre bueno es entregarse por completo al amor de Cristo convertido en su prójimo. 

 
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